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domingo, 24 de mayo de 2026

Apocolocyntosis divi Claudii

 Quiero transmitir a la posteridad qué acontecimiento hubo en el cielo el día 13 de octubre de un nuevo año, comienzo de una era felicísima. Nada se ofrecerá ni a la ofensa ni al favor. Ésta es la pura verdad. Si alguien pregunta por qué razón la sé, en primer lugar, si no quiero, no responderé. ¿Quién me va a obligar? Yo sé que me he hecho libre desde el día en que murió aquél, el que había hecho verdadero el refrán: "conviene nacer o rey o insensato". Si me place responder, diré lo que me venga a la boca. ¿Quién exigió alguna vez de un historiador tasadores jurados? Con todo, si es necesario arrastrar algún testigo, pregúntele a quien vio a Drusila ir al cielo: el mismo dirá que ha visto a Claudio hacer el camino a pasos desiguales.

Lo quiera o no, le es obligatorio ver todas las cosas que suceden en el cielo: es el inspector de la vía Apia, por donde, como sabes, fueron a reunirse con los dioses tanto el divino Augusto como Tiberio César. Si preguntas a éste, te lo contará a solas; en presencia de más personas nunca hará palabra. Pues desde que juró en el senado que él mismo había visto a Drusila subir al cielo, y a cambio de tan buena noticia nadie creyó lo que había visto, confirmó con palabras solemnes que él mismo no volvería a denunciar, aunque viera a un hombre asesinado en medio del foro. Lo que yo oí entonces de éste, lo voy a traer de vuelta de modo preciso y claro; ¡así lo tenga salvo y feliz!

Ya Febo por más breve camino había contraído el arco de la luz, y crecían las horas del oscuro sueño. Ya Cintia aumentaba victoriosa su reino. El deforme invierno arrancaba los gratos honores del opulento otoño y, al ordenar a Baco envejecer, el tardío vendimiador cogía las escasas uvas.

Pienso que se me entiende más si digo: era el mes de octubre, el día tercero antes de las idus de octubre. No puedo decirte la hora exacta: existirá acuerdo más fácilmente entre filósofos que entre relojes; no obstante, era entre la sexta y la séptima. ¡Demasiado palurdo! Todos los poetas, no satisfechos con describir auroras y ocasos, hayan consuelo con esto, hasta tal punto que inquietan incluso el mediodía. ¿Tú dejarás pasar así una hora tan buena?

Ya Febo había dividido la mitad del orbe con su carro, y más cercano a la noche blandía las cansadas riendas, haciendo bajar la encorvada luz por oblicua senda.

Claudio empezó a agonizar y no podía encontrar salida.

Entonces Mercurio, que siempre había sentido deleite por el talento de éste, lleva aparte a una de las tres Parcas y dice: - ¿Cómo permites, mujer cruelísima, que sea torturado el hombre desgraciado? ¿Nunca se interrumpe un suplicio tan prolongado? Es el año sesenta y cuatro desde que lucha con vida. ¿Por qué miras con malos ojos a éste y al Estado? Permite que los astrólogos digan alguna vez la verdad: desde que se convirtió en emperador, ellos lo entierran en cualquier año, en cualquier mes. Y sin embargo, no es sorprendente que se equivoquen y nadie conozca su horóscopo; porque nadie lo consideró alguna vez como nacido. Haz lo que has de hacer:

"Entrégale a la muerte violenta; deja que otro mejor reine en el palacio real desocupado".

Pero Cloto dice: -Yo, ¡por Hércules!, quería añadirle una pizca de tiempo, el necesario para que obsequiara a estos poquitos que quedan con el derecho de ciudadanía (había decidido, en efecto, ver a todos los griegos, galos, hispanos y britanos vestidos de toga). Pero puesto que parece bien que algunos extranjeros sean dejados como semilla, y tú así ordenas que suceda, hágase". Abre entonces una cajita y presenta tres husos: uno era de Augurino, otro de Baba, el tercero de Claudio. -A estos tres -dice- mandaré morir en el mismo año, separados entre ellos por intervalos cortos de tiempo, y no lo dejaré escapar sin acompañamiento. Porque no conviene que éste, que hace poco veía que tantos miles de hombres marchaban detrás de él, que iban delante de él, que se echaban sobre él, quede de repente solo. Entretanto, se contentará con estos dos comensales.

Así dice, y enrollando el hilo con su inmundo huso, separó rompiendo los tiempos regios de su necia vida. Pero Láquesis, embellecida en cabellera, adornada en cabellos, coronando con el laurel pierio su pelo y su frente, toma de níveo vellón blancos hilos para moderarlos con mano propicia; al conducirlos, tomaron para sí un color nuevo. Se asombran las hermanas del peso de la lana que hay que hilar: se cambia la lana sin valor por el caro metal; una edad de oro desciende del hermoso hilo.

Y no tienen pausa. Dichosos vellones conducen, y se alegran de llenar las manos. Es dulce la tarea. El trabajo se apresura espontáneamente, y sin ningún esfuerzo descienden los flexibles estambres del impetuoso huso. Superan los años de Titono, superan también los de Néstor. Febo está presente, las complace con su canto y goza íntimamente del futuro; y, alegre, ahora mueve sus plectros, ahora les proporciona la lana. Las retiene enérgicas con su canto y engaña su esfuerzo.

Y mientras alaban en exceso la cítara y los cantos de su hermano, sus manos tejieron más de lo ordinario, y su trabajo elogiado sobrepasó el hado humano. -Nada quitéis, Parcas -dice Febo-; venza los tiempos de vida mortal aquél, parecido a mí en rostro, parecido a mí en gracia, y no inferior ni en canto ni en voz. Siglos dichosos asegurará a los hombres fatigados y romperá el silencio de las leyes.

Igual que Lucifer se eleva disipando las estrellas que huyen, o como Héspero se eleva al volver las estrellas, o como el luciente Sol, tan pronto como la rubicunda Aurora, disueltas las tinieblas, trae el día, dirige la mirada hacia el orbe y lanza rápidamente sus primeros carros desde el punto de salida, tal se presenta César, tal mirará ya Roma a Nerón. De fulgor suave resplandece su nítido rostro y su hermoso cuello orlado de cabellos.

Así Apolo. Pero Láquesis, que también ella en persona favorecía al hombre más hermoso, lo hizo a manos llenas y regala de lo suyo muchos años a Nerón. En cuanto a Claudio, todos ordenan con júbilo y con palabras de buen agüero que lo saquen del palacio.

Entonces él, sin duda, entregó el alma, y desde esto dejó de parecer que vivía. Murió mientras estaba escuchando a unos comediantes, -para que sepas que yo les temo no sin motivo-. La última voz de éste que fue oída entre los hombres, al haber hecho salir un mayor sonido por aquella parte, por donde podía hablar más fácilmente, fue ésta: -¡Ay de mí! Creo que me he ensuciado con excremento. Si hizo esto, no lo sé; lo cierto es que ensució con excremento todo.

Qué pasó luego en la tierra es innecesario referirlo. Pues lo sabéis muy bien, y no hay riesgo de que desaparezca de vuestra memoria lo que grabó en ella el regocijo popular. Nadie se olvida de su propia felicidad. Escuchad qué sucedió en el cielo. La autenticidad estará en poder de mi testigo. Se anuncia a Júpiter que ha llegado un sujeto de buena estatura, bien canoso; que él amenaza no sé qué, pues incesantemente mueve la cabeza; que arrastra el pie derecho. Cuando se le preguntó de qué pueblo era, respondió no sé qué, con tono alterado y voz confusa; no se comprende su lengua, y no es griego ni romano ni de ningún pueblo conocido.

Entonces Júpiter manda que Hércules, que había recorrido la Tierra entera y parecía conocer todos los pueblos, vaya y explore a qué raza de hombres pertenece. Entonces Hércules, a la primera mirada, se quedó verdaderamente trastornado, como si todavía no hubiese temido a todos los monstruos. Cuando examinó el aspecto de nuevo tipo, el insólito modo de andar, la voz de ningún animal terrestre, sino cual suelen tener los monstruos marinos, ronca y enredada, pensó que le había llegado el décimotercer trabajo. Al mirarlo más cuidadosamente, le pareció que era una especie de hombre. Así pues, se acercó a él y -lo que era facilísimo para un paisano de Grecia- le dijo: 

-¿Quién eres y de dónde vienes? ¿Dónde está tu ciudad y tus progenitores?

Claudio se alegra de que existan allí hombres de letras; espera que algún lugar habrá para sus historias. Por ello, también él en persona, dando a entender que él mismo es César, dice en verso homérico:

-Un viento llevándome de Ilio me aproximó a los Cícones.

El verso siguiente era más exacto, igualmente de Homero:

-Allí arrasé a la ciudad y los exterminé.

Y había engañado a Hércules, que de ningún modo era sagaz, si no hubiera estado allí Fiebre, la única que, abandonando su templo, había venido con él. Había dejado en Roma a todos los demás dioses. Dijo a Hércules: -Ése te cuenta puras mentiras. Te lo digo yo, que viví tantos años con él. Nació en Luguduno: estás viendo a un compatriota de Marco. Lo que te cuento, un galo genuino, nació a dieciséis millas de Viena. Por ello, como convenía que hiciera un galo, tomó Roma. Yo te prometo que éste nació en Luguduno, donde Lícino reinó durante muchos años.

Pero tú, que has recorrido más lugares que mulatero incesante alguno, debes conocer a los Lugudunenses: muchas millas hay de distancia entre el Janto y el Ródano. Llegados a este punto, Claudio se encoleriza y manifiesta su ira gruñendo cuanto puede. Nadie comprendía qué decía; pero él ordenaba que se llevaran presa a Fiebre. Con aquel gesto de su mano suelta y sólo bastante firme para esto, con que solía degollar a los hombres, había mandado que se le cortara el cuello. Pensarías que todos eran libertos de él: hasta tal punto nadie le hacía caso.

Entonces Hércules dice: -Escúchame y deja de disparatar. Has llegado aquí, donde los ratones roen el hierro. Dime la verdad cuanto antes, para que no sacuda las tonterías que tienes. Y a fin de ser más terrible, se hace trágico y dice:

-Declara con presteza, en qué lugar eres llamado de haber nacido, para que no caigas a tierra, destrozado por esta maza. Esta clava a menudo inmoló a reyes crueles. ¿Por qué emites sonidos ahora con palabra incierta de voz? ¿Qué patria, qué pueblo educó tu móvil cabeza?

Explícamelo. En cuanto a mí, al dirigirme al distante reino del tricípite Gerión, de donde del hesperio mar a la ciudad inaquia transporté el ínclito rebaño, vi un monte que dominaba dos ríos, que Febo en su orto siempre ve de cara: donde el enorme Ródano fluye en muy rápida corriente, y el Arar, dudando a dónde enderezar su curso, baña silencioso las orillas con pacíficas aguas. ¿Acaso es aquella tierra la nutridora de tu espíritu?

Así dice con bastante pasión y decisión; su mente no las tiene todas consigo y teme el golpe del tonto. Claudio, cuando vio a un hombre robusto, olvidándose de las tonterías, comprendió que nadie en Roma había sido su igual, que allí él no tenía lo mismo de influencia: el mayor gallo puede en su propio estercolero. Por ello, cuanto pudo ser entendido, pareció decir esto: -¡Oh, Hércules, el más valiente de los dioses!, siempre esperé que te presentaras ante mí en casa ajena, y si hay quien hubiese pedido de mí un fiador, yo te habría nombrado a ti, que me conoces muy bien.

Pues si buscas en tu memoria, era yo quien en Tibur, ante tu templo, administraba justicia todos los días, en el mes de julio y agosto. Tú sabes cuánto de miserias he soportado allí, al escuchar a abogados de profesión durante día y noche. Si te hubieras encontrado con esto, aunque te parezca que eres muy fuerte, habrías preferido limpiar las cloacas de Augías. Yo vacié mucho más de excremento. - Pero puesto que quiero... [laguna]

...-No es sorprendente el hecho de que asaltaste la asamblea del Senado: no hay nada que te esté cerrado. Dinos al menos en qué clase de dios quieres convertir a ése. Un dios epicúreo no puede ser: él ni sufre molestias ni las causa a los demás. ¿Estoico? ¿Cómo puede ser redondo, según dice Varrón, sin cabeza ni prepucio? Hay algo en él de dios estoico, ya veo: no tiene ni corazón ni mollera. ¡Por Hércules!, si hubiera pedido de Saturno este beneficio, cuyo mes celebró durante todo el año el emperador de las Saturnales, no lo habría obtenido. Es más, ¡cuánto menos lo habría obtenido de Júpiter, a quien, en lo que estuvo de su mano, condenó por incesto!

Pues mató a su yerno, Silano, por el hecho de que prefirió llamar Juno a su hermana, la más festiva de todas las doncellas, a la que todos llamaban Venus. -¿Por qué -dice- a su propia hermana? Busco respuesta. Estúpido, dedícate con afán: en Atenas la ley lo permite a medias, en Alejandría por entero. -Porque en Roma -dice- los ratones lamen las ruedas de molino. ¿Éste nos endereza a ideas torcidas? No sé qué hace en su dormitorio, y ya ¿escruta las regiones del cielo? Quiere hacerse un dios: ¿valora poco el hecho de que tiene un templo en Britania, el hecho de que lo veneran los bárbaros y que le supliquen como a un dios, para obtener el favor de un tonto?

Finalmente le viene a Júpiter a la mente que, mientras se queden particulares dentro del Senado, no se les está permitido a los senadores expresar su opinión ni discutir. - Senadores -dice-, yo os había permitido hacer preguntas, y vosotros habéis hecho auténticas tiendas de nómadas. Quiero que os mantengáis fieles al protocolo del Senado. ¿Qué va a pensar de nosotros ése, quienquiera que sea? Una vez despedido Claudio, el padre Jano será el primero al que se le pida su opinión. Lo habían nombrado para las Calendas de Julio como cónsul de tarde, hombre sagaz tanto como quieras, que siempre ve a un tiempo lo de detrás y lo de delante. Éste, debido a que vivía en el foro, dijo elocuentemente muchas cosas que el taquígrafo no fue capaz de continuar siguiendo; y por esto, no las refiero, para que no ponga con otras palabras lo que dijo. Dijo muchas cosas sobre la grandeza de los dioses, señalando que no se debía conceder este honor públicamente.

-En otro tiempo -dijo- era gran cosa llegar a ser un dios. Ahora habéis hecho la farsa Haba. Por ello, para que no parezca que expreso mi opinión contra una máscara de actor, no contra una realidad, aconsejo que, después de este día, no se haga un dios a nadie de éstos que comen el fruto de la tierra o de éstos a los que nutre la tierra rica en cebada. El que, en contra de este decreto del Senado, sea hecho, nombrado o pintado un dios, me parece bien que éste sea entregado a los Fantasmas y sea azotado con férulas entre los gladiadores recientemente contratados en el próximo espectáculo público. Diéspiter, hijo de Vica Pota, también él en persona nombrado cónsul, mal banquero, es el próximo al que se le pide su opinión. Solía vender derechos de ciudadanía a bajo precio; con este negocio se sostenía. Hércules se acercó a él agradablemente y le tocó el lóbulo de la oreja. Y aconseja así, a la manera de estas palabras:

Ya que, en efecto, el divino Claudio es pariente del divino Augusto por sangre y no menos de la divina Augusta, su abuela, a la que él en persona ordenó que fuera una diosa, y supera en mucho a todos los mortales en sabiduría, y es de interés público que exista alguien que pueda con Rómulo engullir nabos ardientes, aconsejo que el divino Claudio, a partir de hoy, sea un dios, como el que haya sido divinizado antes de él con perfecto derecho, y que tenga que añadirse este acontecimiento a las Metamorfosis de Ovidio. Las opiniones eran varias y parecía que Claudio iba a ganar la partida. Hércules, en efecto, que veía que su hierro estaba en el fuego, corría de aquí para allá y decía: -No me mires con malos ojos; se trata de mi interés. Si en otra ocasión quieres algo, te devolveré el favor: una mano lava la otra mano.

Entonces el divino Augusto se levantó para expresar su opinión oportunamente, y con suma elocuencia disertó: -Yo -dice- os pongo por testigos, senadores, de que, desde que fui divinizado, no he pronunciado palabra alguna: siempre me ocupo de lo personal. Pero no puedo disimular ni contener por más tiempo mi dolor, el cual hace más pesado mi vergüenza. ¿Para esto engendré la paz por tierra y mar? ¿Para esto detuve las guerras civiles? ¿Para esto fundé la ciudad con leyes y la adorné con monumentos, para...? No encuentro cómo expresarme, senadores: todas las palabras están sometidas a mi indignación. Debo recurrir, por consiguiente, a aquella famosa frase de Mesala Corvino, varón elocuentísimo: Me avergüenzo de mi poder. Este individuo, senadores, que os parece que no puede hacer daño a una mosca, mataba hombres tan fácil como una perra se posa para orinar.

Pero, ¿por qué yo he de hablar sobre tantos y semejantes varones? No tengo tiempo para deplorar los desastres del Estado, al contemplar las desgracias familiares. Así pues, no hablaré de aquello, referiré éstas. Pues aunque mi hermana no sabe de griego, yo sí sé: la rodilla está más cerca que la canilla. Ése que veis, durante tantos años oculto bajo mi nombre, me devolvió este favor: mató a las dos Julias, mis biznietas; una con el hierro, la otra de hambre; y a un tataranieto, L. Silano (tú habrás visto, Júpiter, si en causa mala -ciertamente en la tuya- has tenido que ser justo). Dime, divino Claudio, ¿por qué a algunos de la población, hombres y mujeres que mataste, les condenaste antes de que conocieras sobre el motivo, antes de que les escucharas? ¿Dónde suele hacerse esto? En el cielo no acontece.

He aquí a Júpiter, que lleva tantos años reinando. Sólo le rompió la pierna a Vulcano, a quien lanzó asiéndole del pie fuera del umbral celeste.

Y fue irritado contra su esposa y la colgó. ¿Acaso la mató? Tú mataste a Mesalina; -yo era su tío abuelo del mismo modo que lo soy de ti-. "Lo desconozco", dices. ¡Que los dioses te confundan! Hasta tal punto es más vergonzoso el hecho de que no sabes que el hecho de que has matado. No dejó de seguir los pasos de Gayo César, aun después de muerto. Aquél había matado a su suegro; éste también a su yerno. Gayo prohibió que el hijo de Craso fuera llamado Magno; éste le devolvió el sobrenombre, y le quitó la cabeza. En una sola familia mató a Craso, a Magno, a Escribonia, a las Tristionias, a Asarión, a pesar de que eran de familia noble; en cuanto a Craso, tan insensato, que incluso hubiera podido reinar.

¿A ése queréis ahora hacer un dios? Ved su cuerpo, nacido con la ira de los dioses. En resumen, diga tres palabras rápidamente y me tome por esclavo. ¿Quién venerará a este dios? ¿Quién confiará en él? Mientras hacéis a tales individuos dioses, nadie creerá que vosotros sois dioses. Para concluir, senadores: si me he mostrado de manera honorable entre vosotros, si no he respondido a nadie más sonoramente de lo normal, vengad mis injurias. Yo, con respecto a mi opinión, aconsejo esto. Y así leyó en voz alta de una tablilla:

-Puesto que el divino Claudio mató a su suegro Apio Silano, a sus dos yernos Magno Pompeyo y L. Silano, al suegro de su hija Craso Frugi, un hombre tan parecido a él como un huevo a otro huevo, a Escribonia, la suegra de su hija, a su esposa Mesalina y a otros cuyo número no puede calcularse, me parece bien que se le castigue severamente, que no se le exima de los asuntos judiciales, que se le destierre cuanto antes y que salga del cielo en un plazo de treinta días, del Olimpo antes del día tercero. Estuvieron de acuerdo con esta opinión por votación. Sin demora, Mercurio, girándole el cuello, le lleva a rastras desde el cielo hacia los infiernos, allí de donde se dice que nadie vuelve.

Mientras descienden por la vía Sacra, pregunta Mercurio qué significa aquella carrera en masa de hombres, si era el cortejo fúnebre de Claudio. Y en efecto, era el más hermoso de todos y el cuidado era costoso, claramente para que supieras que se enterraba a un dios. Había tan gran muchedumbre, tan gran armonía de trompetistas, de cornetas, de instrumentos de bronce de toda clase, que todavía Claudio podía oírlos. Todos estaban contentos, joviales: el pueblo Romano se paseaba como si fuera libre; Agatón y unos pocos abogados de profesión lloraban, pero claramente de buen grado.

Los jurisconsultos salían de las tinieblas pálidos, gráciles, con apenas vida, como si ellos precisamente entonces revivieran. Uno de éstos, al ver que los abogados de profesión formaban un grupo y lloraban su suerte como perdida, se acerca a ellos y dice: -Ya os lo decía yo: no siempre serán las fiestas Saturnales. Claudio, cuando vio su cortejo fúnebre, comprendió que él mismo estaba muerto. Cantaban, en efecto, una nenia de anapestos en gran canto coral: ...

Claudio se deleitaba en sus alabanzas, y deseaba contemplar más largo tiempo. Taltibio, el mensajero de los dioses, pone la mano encima de él y, cubriéndole la cabeza, le lleva a rastras; para que nadie pueda reconocerle, a través del campo de Marte, y entre el Tíber y la vía Cubierta desciende a los infiernos. El liberto Narciso ya les había adelantado por un camino más corto, para recibir a su patrono, y nítido a su llegada, como estaba de un baño, corre a su encuentro y dice: -¿Por qué hay dioses junto a hombres? -Acelera tu carrera -dice Mercurio- y anuncia nuestra llegada. Más pronto que lo dicho, Narciso sale volando. Todo es cuesta abajo, se desciende fácil. Así pues, aunque estaba enfermo de gota, llegó en un momento a la puerta de Plutón, donde estaba echado Cerbero, o como dice Horacio, el monstruo de cien cabezas.

Queda un poco perturbado -estaba acostumbrado a hacer las delicias de una perrita blanca- cuando ve a aquel perrazo negro, peludo -sin duda, no querrías que éste corriera a tu encuentro en las tinieblas-; y con gran voz dice: -¡Claudio va a venir! Con aplauso avanzan mientras cantan: Le hemos encontrado, ¡albricias!. Aquí estaba el cónsul electo C. Silio, el ex pretor Junco, Sexto Traulo, M. Helvio, Trogo, Cota, Vetio Valente, Fabio, caballeros romanos a los que Narciso había ordenado ser llevados aquí. El pantomimo Mnester estaba en medio de esta muchedumbre de cantores, a quien Claudio, por causa de valor, había hecho menor. El rumor de la llegada de Claudio se extendió rápidamente. Acuden conjuntamente hacia donde está Mesalina.

Los primeros de todos son los libertos Polibio, Mirón, Harpócrates, Anfeo, Feronacto, a todos los cuales Claudio había enviado delante, para que en ninguna parte estuviera desatendido. Luego, los dos prefectos Justo Catonio y Rufrio Polión. Luego, los amigos Saturnino Lusio, Pedón Pompeyo, Lupo y Asinio Céler, ex cónsules. Por último, la hija de su hermano, la hija de su hermana, sus yernos, sus suegros, sus suegras; claramente, todos sus parientes. Y una vez hecha una fila, corren al encuentro de Claudio. Claudio, al verlos, exclama: -¡Amigos por todas partes! ¿Cómo vinisteis acá? Entonces Pedón Pompeyo: -¿Qué dices, hombre cruelísimo? ¿Preguntas cómo? Pues, ¿qué otro nos envió aquí sino tú, asesino de todos tus amigos? Vayamos ante el tribunal. Yo te mostraré aquí las sillas de los jueces.

Le lleva ante el tribunal de Éaco. Éste instruía un proceso según la ley Cornelia, que hablaba sobre los asesinos. Pide que registre el nombre de este individuo. Declara la denuncia: este individuo ha matado a 35 senadores, a 221 caballeros romanos, a otros ciudadanos en número igual al de la arena o el polvo. Claudio no encuentra abogado. Finalmente se presenta P. Petronio, un viejo comensal suyo, hombre diserto en la lengua de Claudio, y pide un aplazamiento. No se concede. Pedón Pompeyo le acusa entre grandes aclamaciones. El abogado defensor empieza a querer responder. Éaco, hombre justísimo, se lo prohíbe, y, tras escuchar sólo a la otra parte, condena a Claudio y dice: -Si padeciera lo que cometió, se cumpliría estricta justicia. Se hizo un enorme silencio.

Todos quedaron atónitos ante la novedad del asunto. Decían que nunca esto había sucedido. A Claudio le parecía más injusto que inaudito. Se discutió largo tiempo sobre el tipo de castigo, el cuál le convendría sufrir. Había quienes decían que Sísifo había hecho de cargador por demasiado tiempo; que Tántalo iba a morir de sed, si no se le socorría; que alguna vez se tendría que poner freno con la galga a la rueda del infeliz Ixión. Se decidió no conceder amnistía a ninguno de los reos veteranos, para que Claudio nunca pudiese esperar nada parecido. Se decidió que se le debía imponer un nuevo castigo, que se había de inventar para él un trabajo inútil y que tuviera apariencia de cierto deseo, sin cumplimiento. Entonces Éaco ordena que él juegue a los dados con un cubilete agujereado. Y ya había empezado a buscar los dados, que siempre se le escapaban, y a no obtener ningún resultado.

Pues cada vez que iba a lanzarlos del resonante cubilete, cada uno de los dos dados huía por el substraído fondo. Y cuando osaba lanzar los dados que recogía, siempre con intención de jugar y siempre con intención de obtener resultado, burlaban su confianza. Huye hacia atrás y entre los mismos dedos se escurre el dado falaz con asidua astucia. Como cuando ya se rozan las cumbres de la más alta montaña, del cuello de Sísifo caen rodando los vanos cuerpos pesados.

De repente, apareció Gayo César y empezó a reclamar a Claudio como esclavo. Presenta testigos que habían visto que él recibía golpes de aquél con látigos, con férulas, con puñetazos. Claudio es adjudicado a Gayo César. César lo regala a Éaco. Éste lo entregó a su liberto Menandro, para que Claudio fuera esclavo de sus instrucciones.

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